La fascinación por el cine quinqui de Daniel Monzón y Javier Cercas

By diciembre 16, 2020 La Terraza News

La fascinación por el cine quinqui de Daniel Monzón y Javier Cercas


El director de ‘Celda 211’ ultima el montaje de ‘Las leyes de la frontera’, una película que recupera y actualiza el cine de los 80 que ofreció la cara B de la Transición

Daniel Monzón junto Begoña Vargas, Chechu Salgado y Marcos Ruiz en el rodaje de ‘Las leyes de la frontera’. QUIM VIVES

El quinqui como personaje y hasta concepto se niega a desaparecer. Por cada una de sus muertes, una nueva resurrección. Hasta la eternidad si es necesario. Un 1430 tiene gasolina para eso y más. Justo a la vez que la cartelera estrena Hasta el cielo, donde Daniel Calparsoro actualiza y renueva el mito del extrarradio, Daniel Monzón ultima el montaje con Mapa Pastor de Las leyes de la frontera. La película, planificada en el rigor del confinamiento y rodada a punta de desescalada (la primera de ellas) en pleno verano de mascarillas y distancia de seguridad, adapta el libro homónimo de Javier Cercas sobre las industrias y andanzas del Zarco. Y lo hace con la intención declarada de reconstruir la geografía febril de un tiempo «esencialmente vital y rebelde», en palabras entusiastas del director. «La idea ha sido reconstruir el pasado, pero desde una mirada actual. No es una película para los que recuerdan lo que fue aquello, sino para todos los que alguna vez sintieron algo parecido», dice. El quinqui, por tanto, como metáfora eterna antes que fenómeno coyuntural.

«La película es una historia de amor. Es una película romántica en el más amplio de los sentidos. El protagonista recuerda el tiempo en el que se enamoró a la vez que recupera el verano de su vida, el más intenso de todos», comenta el director delante de las pantallas por las que desfilan las imágenes de la película. La secuencia ya terminada en la que se detiene Monzón no es una cualquiera. En ella, el protagonista, al que da vida el actor Marcos Ruiz, da su primer tirón. El principio de todo. Y en ese relámpago de adrenalina, para bien o para muy mal, todo cobra sentido. Alguien dijo que el quinqui, así en general, dio un auténtico tirón de bolso al relato por necesidad triunfal de la Transición. «De hecho», sigue el director, «todo el cine de José Antonio de la Loma y Eloy de Iglesia principalmente lo que refleja es la cara B de la España que se soñaba europea, democrática y feliz… En aquel cine se ve lo que se quería esconder». El comentario refleja buena parte de la doctrina que ha acompañado recientemente a la resurrección del fenómeno a la vez que dibuja un escenario ya mítico de extrarradios, descampados y tierra de nadie. «Yo crecí justo en la frontera. Mi familia era de clase media y, desde la ventana, miraba con la misma fascinación que miedo a ese territorio y a esa gente tan lejanos como deseados», añade Monzón a modo de nota biográfica.

Reparto completo de ‘Las Leyes de La Frontera’.

En efecto, el héroe (o villano) quinqui siempre tuvo, por decirlo en tono académico, un estatuto ontológico inestable; no se sabe muy bien si es payo o gitano; aparece en el espacio límite de la otredad y la diferencia, en los márgenes de la sociedad de consumo que añora y desea tanto como desprecia. Su territorio es el del western de siempre y, dentro del género, Las leyes de la frontera se acerca a los modales crepusculares del paraíso que se pierde. Cuenta el director que la lectura política va por dentro, o por detrás. Lo que importa ahora es el espacio vibrante de la aventura al que se asoma como espectador primero y como protagonista después el protagonista Nacho, así se llama. Lo que ve es el mundo (o reino) extraño y libre de Zarco (Chechu Salgado) y Tere (Begoña Vargas). Ellos son los quinquis. A su lado, el Chino, el Gordo, el Guille, el Drácula… «Fuera de los actores principales, el cásting respeta las reglas. Son gente de la calle», puntualiza. Y lo son, valga como anécdota, hasta el punto de ser detenidos por la policía, y por las pintas, el día que dos de ellos desembarcaron en Madrid por aquello de las pruebas. Que el director de fotografía sea Carles Gusi, responsable también de Yo, el vaquilla (1985), añade pedigrí al asunto.

La película quedará lista en verano. Para entonces, la canción de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba que viste la memoria de Nacho será emblema de la enésima resurrección del quinqui que, se quiera o no, llevamos dentro.

FUENTE: El Mundo

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